Eugenia de Montijo, Marquesa de Moya, Emperatriz de los Franceses y dueña en Alcalá de la Talayuela y la Hoya de Mingo Ros.

Antes de esta fecha (1860) Moya nunca tuvo posesiones en Alcalá.

María  Eugenia Ignacia Agustina de Guzmán, entre otros títulos, ostentaba el de Marquesa de Moya y tenía a grandes posesiones en la zona Moya-Cañete y el castillo de Belmonte.

Eugenia María de Montijo de Guzmán, condesa de Teba, nació³ en Granada en el barrio de la Magdalena el 5 de Mayo de 1826. Hija de Cipriano Guzmán, grande de España, y  de María  Manuela Kirpatrik y nieta de la IV Condesa de Montijo, Mª Francisca de Sales Portocarrero. En 1830 se encuentra ya en Madrid y es entonces cuando su familia hereda el título de Montijo por el que es conocida.

En 1834 se trastada a Francia  donde pasa su primera juventud. En 1845 su hermana mayor se casa con el duque Berwick y Alba.

Una herencia aleja a Eugenia de su Granada natal y la conduce al mundo de riqueza y privilegio que su madre siempre había soñado para sus hijas. Bella, cosmopolita y apasionada, los «mejores partidos» de España caen a sus pies. Menos el único hombre a quien ama, el duque de Alba, que prefiere a su hermana Paca, má¡s sensata. Herida en su amor propio, Eugenia se propone conquistar al orgulloso Napoleón III y ceñir la corona imperial de Francia, en la cima de la gloria. Al final de su existencia comprendería que si Dios quiso darle todo lo que se puede desear en la vida fue para quitárselo poco a poco.

Eugenia de Montijo, Condesa de Teba, prototipo de hermosura y belleza española, brillaba en los bailes del Elíseo cuando Luis Napoleón no era todavía presidente de la República Francesa; y, enamorado, la invitaba con frecuencia a las partidas de caza en Fontainebleau.  En 1852, ya presidente, es invitada al palacio de Compiègne a donde acude acompañada de su madre y rodeada  de adulación y de envidias.  Al poco tiempo pide su mano y el 22 de enero de 1853 en el discurso de la Corona anuncia el enlace que tendría lugar ocho días más tarde, con gran pompa en Notre Dàme

Fue un matrimonio de amor, la Corte  francesa adquirió esplendor, las fiestas se sucedían en las Tullerías sin descanso, cada vez más esplendorosas. El pintor  alemán, Winterhalter, reflejó en diversos retratos, frívolamente cortesanos, la bellísima imagen de la ilustre española Emperatriz de los franceses. Pero todo aquello lo barrió la primera guerra franco-prusiana, a la que, al parecer, no fue ajena la emperatriz: tachada de “católica intransigente” y que  se opuso a la política italiana de su marido, y defendió los poderes y prerrogativas del Papa y que  se oponía siempre con su influjo a toda política liberal. En 1869 la emperatriz Eugenia asistió a la inauguración del canal de Suez, construido por su pariente lejano Fernando de Lesseps.

En 1871 se retira a Inglaterra y allí vivió desde entonces intentando, cuando todavía seguían enfrentados franceses y prusianos y, más tarde, muerto Napoleón, crear un partido fuerte que pudiese llevar al trono a su hijo, aquel malaventurado príncipe imperial, nacido en 1856 y muerto en 1879 peleando  por Inglaterra  en el país de los Zulus. Un año después fue  la emperatriz al lugar donde había muerto su hijo y trasladó su cadáver  a Inglaterra. Con la muerte del hijo se rompieron sus esperanzas y se quedó sola con su dolor, que se ceba poco a poco en una vida a la que va alargando para saciarse mejor. Desde Inglaterra envidió a todo el continente. Se dice que un diplomático y poeta español  dijo a un colega extranjero que le preguntaba en plan de mofa cómo se vestían las mujeres en España.

-”Las mujeres españolas, Sr. Embajador, se visten de reinas de Francia.”

La ex emperatriz murió en julio de 1920 a los 94 años, durante una visita a su España natal. Está enterrada en la cripta imperial, al lado de su esposo y de su hijo.

En su testamento deja como heredero a Fernando Stuart Fizt Jame y Falcó, hermano del Duque de Alba, Conde de Montijo y Duque de Peñaranda.

Se puede decir que Eugenia de Montijo fue una mujer muy bella, inteligente, pendiente de todos sus asuntos, llena de poder y majestad, pero muy desgraciada. No sólo ostentaba el titulo de Marquesa de Moya  sino que ejerció como tal,  sino directamente, sí a través de su apoderado en Moya, don Mariano del Barco, con el que estaba en contacto permanente y al que, a finales de 1860, le pide que intente conseguir  en Alcalá de la Vega las tierras desamortizadas del Común, pero“nunca las de la Iglesia”. El 20 de  marzo  de  1861 finaliza la compra de la Talayuela y la Hoya de Mingorros.  (Números 1087 y 1088 de inventario de Desamortización de Bienes del Común de Alcalá de la Vega)

Eugenia de Montijo, Marquesa de Moya y Emperatriz de los Franceses sabía que en Alcalá de la Vega no tenía propiedades y la Desamortización era una ocasión única para conseguirlo. Ya en 1750 el marquesado se lamentaba y los vecinos se vanagloriaban de que Moya  nunca poseyó nada en Alcalá.

Como consecuencia de estas ventas a la Marquesa de Moya, El Cubillo a traves de Segundo Perea, Victor Villalva y Juan Martínez, se puso en litigio con Alcalá porque no había recibido la tercera parte del dinero que le corespondía de la venta.