Para que un dato adquiera el sobrenombre de “histórico”

ha de estar documentado.

Alcalá de la Vega por sus características y circunstancias históricas tuvo ciertas ventajas  pero también inconvenientes con respecto a otros pueblos vecinos a través de los tiempos.

La gran vega atravesada por el río Cabriel, que la surtió de agua abundante, proporcionó unos frutos extras que otros pueblos vecinos no tuvieron y hubieron de acudir en busca de ellos a Alcalá.

El gozar de especiales privilegios desde antes de la reconquista le proporcionó un “status” tan especial como único tanto para el Común como para la iglesia, con el que no pudo el afán de Moya por suprimirlo,  roto bruscamente con la Desamortización del siglo XIX y creando una nueva, violenta y desconcertante situación que desde entonces ha marcado al pueblo, “en los unos y en los otros” cambiando los hábitos, costumbres y forma de vida.

Eran tradicionales las visitas de los vecinos de Alobras en busca de patatas y de bajocas a cambio de sus tijeras de esquilar.

Igualmente los de Arroyo Cerezo, vulgarmente los del Royo, a cambio de albarcas:

“Ya vienen los del Royo,

calzón pardo y faja azul,

y, tras echarse dos tragos,

a Dios le llaman de tú”.

Sin olvidar a los de Vallanca, a cambio de miel:

“Si vienen los de Vallanca

conversación de colmenas

y, si viene el aire en popa,

se sienten a dos leguas”.

Y era tradicional la desconfianza con que se miraba a los de Salvacañete; y no sin razón porque a través de la historia se dieron muchas causas para ello por su afán de expansionarse hacia las mejores tierras del Sur:

“Quien nos llama capiruchos

es quien nos causa temor

porque nos quiere quitar

el Palancar y la Hoz.

Hubo algún tiempo que las relaciones con Salvacañete  fueron provechosas y cordiales. Fue entre 1746 y 1750.  Las fundiciones de Jaime de Casteblanque necesitaban de las carrascas de Alcalá a quien no venían mal las rentas que estas leñas le proporcionaban. Durante cuatro años hubo entendimiento y beneficios. Hasta que Moya, que no podía soportar el auge de sus aldeas, quebró las ilusiones de Casteblanque y acabó con los ingresos extras de Alcalá. De nada sirvió exhibir los documentos de Alfonso II que concedía la autonomía  y el uso de la Dehesa. Tampoco sirvió que Jaime Casteblanque presentara los documentos del privilegio  en la corte de Fernando VI en Madrid. Los documentos se perdieron  y en 1758, al subir al trono Carlos III, Moya consiguió, por segunda vez, (la primera fue en 1541 con Carlos I) que fueran quemados todos los libros y el Archivo del Concejo de Alcalá.