¿MOROS… EN  MOYA?

Publicado en la Web Amigos del Cabriel

La Historia del Cabriel a principios del siglo XIII se hace más viva y compleja cuanto más nos acercamos a su cabecera y sus aguas se ven discutidas y ambicionadas por dos reinos y por dos señoríos: el de los Azagra de Albarracín y el de Manrique Pérez de Lara de Molina.

Junto a esas ambiciones civiles y, a veces, sangrientas  surgieron otras que, con ser incruentas y apoyadas en motivos religiosos, no fueron menos perniciosas porque se marcaron con señales indelebles.

La voluntad de Pedro II de Aragón, tras la conquista del castillo de Tormón, de escoger el pasillo formado por los ríos Turia y Cabriel para llegar a Requena y después a Valencia, aunque no pudiera cumplir sus objetivos por haber caído gravemente herido el gran Maestre del Temple don Pedro de Monteagudo en la toma del castillo de Serreilla, sí sirvió para suscitar el celo y la ambición religiosa (¿) del arzobispo de Toledo, sobre los castillos de Tormón, El Cuervo, Castiel, Ademuz, Serreilla, Santa Cruz, Mira y Requena, dando la impresión de estar más comprometido con la espada que con la Cruz.

Y, cuando Alfonso VIII decidió su puebla, el interés o ambición del arzobispo se dirigió también a la naciente Moya, —todavía inhóspito peñasco— que aspiraba, y en muy poco tiempo lo sería, espléndida y monumental villa con el apoyo, más que el de Alfonso VIII que apenas tuvo tiempo, el de Fernando III y la acción de la Orden de Santiago.

Apoyado el arzobispo en la decisión de Pedro II de entregar a la iglesia de Albarracín en 1211 las iglesias de los castillos recién conquistados de El Cuervo, Castiel, Ademuz, Serreilla con sus iglesias, mezquitas y oblaciones, reclamó para esta iglesia en 1220 las iglesias de Moya “donde decía había sido expoliado por el obispo de Cuenca”, después de haber querido terminar la inacabada hazaña del Pedro II en 1210, conquistando Santa Cruz y Mira y entregar sus iglesias a Albarracín y ser estrepitosamente vencido en Requena.

Tal vez, si la campaña de Pedro II no se hubiera suspendido tras la conquista de Serreilla y hubiera llegado hasta Requena, Moya no hubiera pasado de ser una rocosa y escarpada atalaya, nido de águilas, y hubiera sido Requena donde Alfonso VIII instalara el bastión más avanzado  de la frontera con el Miramamolín valenciano.

Actualmente, Moya es sólo un recuerdo histórico. Sus ruinas delatan la gloria de un pasado y la desolación del presente. Hasta hace muy poco tiempo su recinto amurallado soportó un expolio tan cruel que lo redujo a un lamentable estado. Tarde llegaron las medidas de protección. Algunos de sus escudos, de sus maderas y de muchas de sus artísticas piedras, ostentosamente colocados en nuevas y personales construcciones, tratan de olvidar -si no de ocultar- su procedencia falsificando la historia del lugar que ahora ocupan.

Desde su empinada atalaya sus agrietadas torres trataron inútilmente de llamar la atención, durante mucho tiempo, hasta que se evitó el derrumbe de la única iglesia que quedaba de pie, se proyectó construir un auditorio, las puertas de sus murallas fueron restauradas y sigue adelante un plan tan ambicioso como ilusorio.

Fruto de esta tardía preocupación se han instalado últimamente pantallas informativas de cara a los visitantes que suben a la escarpada colina en busca de historia y cultura.

Pero bien podrían haber contrastado la información histórica y no haber caído en los clásicos errores propiciados a finales del siglo XVI por Frey Francisco de Rades y Andrada en su Crónica de Santiago y que se han ido repitiendo sin más apoyo que el ligero relato de este fraile, reproducido por otros autores, ante la falta total de otros documentos ni  más información sobre Moya anteriores a 1210, fecha en que Alfonso VIII, tras la conquista de El Cuervo, Castielfabib, Ademuz y Serreilla, quiso hacer acto de presencia en la zona y decidió su puebla para hacer frente al moro valenciano; nunca su conquista porque nada había que conquistar en la deshabitada colina.

Dicen las crónicas:

El mismo año de 1599 saltó a la Orden de Calatrava el licenciado Frey Francisco de Rades y Andrada, capellán de honor del rey don Felipe II, el cual por el año 1572 publicó en Toledo la Historia de las tres Ordenes Militares de Castilla, Santiago, Calatrava y Alcántara, tenida como clásica y esencial en su género”.

Está comprobado que Francisco de Rades y Andrada en su Chronica de las tres órdenes y cauallerias de Sanctiago, Calatraua y Alcantara y, según recoge Julio González en su extensa obra El Reino de Castilla en la época de Alfonso VIII, vol. II, sin aportar ninguna documentación, como hace en otros casos en los márgenes, comete graves errores por su carácter exageradamente partidista.

Helos aquí:

“Este mismo año los Moros que poseían la cibdad de Cuenca con las villas de Alarcón y Moya entraron por tierra de Uclés en 1173 que  era de la Orden de Santiago y la robaron y talaron aunque no pudieron ganar el castillo  de Uclés  ni el de Alharilla que eran los mas principales de aquella tierra  porque los Cavalleros  de la Orden les resistieron varonilmente”. (Chronica de las tres órdenes y cauallerias de Sanctiago, pág 14.)

“Alharilla ahora es una Hermita con vestigios de castillo. En este castillo también puso el Maestre algunos de los cavalleros de su Orden para que lo defendiesen de los moros que en aquel tiempo no estaban lexos, porque Cuenca, Moya,  Huete y Alarcón eran de Moros. (Pág. 11)

Este fraile cronista, cuatro siglos después de los hechos que narra, sin presentar documentación como hace en otros lugares, incluye en la incursión a Uclés, acompañando a los moros de Cuenca y Alarcón, a los de un castillo inexistente entonces, como era el de Moya.

Diversos estudios realizados en varias ocasiones y por diferentes motivos no han sido capaces de encontrar en Moya vestigios árabes y sus calles, castillo y murallas se dibujaron en lo alto de la montaña entre los siglos XIII al XV. Datos que tiran por tierra la información de Frey Francisco  de  Rades  y  Andrada, que  ha  servido  para  que  algunos  autores, apoyados en él, aventurasen hipotéticas

Las piedras de sus murallas nos dicen las fechas

hazañas que nunca fueron. Tal es el caso de Menéndez y Pidal describiendo el camino que conduce a Burgos el cadáver del Cid y de recientes informaciones con rango oficial civil o diocesano.

Si este fraile cronista equipara el hipotético castillo árabe de Moya con los castillos árabes de Cuenca, Alarcón, Huete y Uclés ¿cómo es posible que Al—Idrisi y otros cronistas árabes olvidaran a Moya? Tal vez Francisco  de  Rades  y  Andrada  hubiera acertado diciendo: Los moros de Cuenca, Alarcón y Serreilla. Pero 300 años después de ser derrocado el castillo de Serreilla y de ceder su hegemonía a Moya, su olvido era total.

A la persistencia de estos errores ha contribuido el desconocimiento absoluto de los documentos del Archivo de la catedral de Cuenca: A.C.C. III, Inventarios, Leg. 74, nº. 13, ff.44r45r, A.C.C.I., Caja 3, nº.6, A.C.C.I., Caja 3, nº.7, A.C.C.I., Caja 3, nº.8, A.C.C.I., Caja 3, nº.9, A.C.C.I., Caja 3, nº.10.

Por otra parte, de nada ha servido conocer los documentos del

Archivo de la catedral de Toledo, E.12 O 1-3, donde el Primado don Rodrigo Giménez de Rada entrega en feudo a Gil Garcés los castillos de Serreilla, Santa Cruz y Mira —que era lo que quería conseguir en Burgos— y la Carta Pontificia de Gregorio IX, Cat. de Toledo, I.4.N.1.18, dando plenos poderes al obispo de Tarazona y ordenándole  la resolución del conflicto.

Y es que estos dos documentos resultan incomprensibles si no se conoce de antemano cuál era el conflicto y el desarrollo del juicio que el Papa Honorio III ordenó celebrar en Burgos, nombrando él directamente al tribunal formado por Mauricio, Obispo de Burgos, el Abad de la Abadía de Río Seco y Asensio, canónigo de Burgos, según muestran los documentos de la catedral de Cuenca.

El desconocimiento de estos documentos también ha llevado a que algún historiador uniera Santa Cruz con Serreilla en un mismo castillo y a identificarlo —por la similitud fonética— con la Cedriella turulense, apoyándose en el libro de los Jueces de Cuenca, que sufrió la visita del alférez castellano Juan de Riello con un ejército cercano al millar de jinetes, que la desolaron.

Hasta 1998 el Archivo de la catedral de Cuenca era inaccesible. La falta de espacio, de clasificación y, tal vez, de competencia  de los encargados de turno imposibilitaron su ordenación, el acceso y estudio de unos documentos que nadie conocía en su totalidad y que hubieran contribuido a evitar tantos errores relacionados con la historia de esta zona entre los ríos Turia y Cabriel y, sobre todo, sobre Moya y Serreilla.

Niceto Hinarejos Ruiz