Perdonad, pero esta carta no puede empezar según el protocolo de “queridos don Pepito y don José”. Sería demasiado. Por eso empieza sin ese familiar y entrañable saludo, así:

Don Pepito y don José:

No era mi intención, pero me han aconsejado que les dé una respuesta adecuada ante tanta injuria vertida por ustedes bajo la capa de paladines del orden, contrarios a la estafa histórica y defensores y custodios del auténtico y verdadero patrimonio histórico.

Hasta que no lo he visto no podía imaginar que este humilde servidor fuera tan importante como para que ustedes le dedicaran todo un blog en vuestra Web. No podía imaginarlo. Como tampoco podía imaginar que iban a usar ese blog para el insulto y la descalificación del contrario alardeando de vuestro alto nivel de razón, de cultura y de humanidad, en franca contradicción con mi bajo nivel de erudición y mi osadía incalificable, merecedor de la hoguera inquisidora.
¡Pobre de mí! -pensé.
Y no podía imaginarlo porque desde mi fruslería siempre he pensado que la cultura estaba reñida con la ofensa, la mentira, el escarnio, el agravio y el insulto.
Y, aunque me consuela pensar que han echado mano de la descalificación porque no tenían ustedes otra mejor razón que pudiera haber dado más luz sobre el interesante tema, lamento que en la retahíla de improperios no haya nada aprovechable, que nos enseñe algo nuevo sobre el tema que les ha servido de excusa para humillarme; como lamento, también, vuestras ingentes carencias y torpeza, incapaces de delimitar, esclarecer y dilucidar la cuestión.

Tal vez haya motivos para pensar que no les interesa esclarecer la verdad: es más sabroso saborear el regocijo producido por el potencial sabor a rancio  que pudiera dimanar de vuestra provocada humillación, como árbol caído.

Aprended de Amigos del Cabriel, allí no insultan, no desprecian, no se creen superiores porque aman la cultura y la historia. A todos respetan, todos opinan porque todos tienen algo que decir y nadie se atribuye en exclusiva el don de la verdad y por eso se afrontan sin miedo todo tipo de cuestiones suscitadas y todos colaboran.

Don Pepito:

Llevábamos mucho tiempo juntos para alegar desconocimiento de algunas cosas y espero que no haya sido un juguete en manos de quienes tratan de justificar los graves daños y destrozos en los alrededores de la ermita de Alcalá, el año pasado, ante mi protesta por el posible paso del rally por aquel lugar.
Recuerde cómo le informé hace mucho tiempo cuando orientó sus pesquisas sobre Moya y Cañete, a donde por su importancia se dirigían sus opiniones, que, por rebeldía o por inculta influencia femenina, no podían admitir que un pueblo como el mío fuera más que… ese otro. ¡Ahí podíamos llegar!
¡Ahí podíamos llegar! —me dijo en cierta ocasión. Y sí que llegaron en busca de verdaderos tesoros arqueológicos. Recuerde sus confidencias sobre los expolios en la ermita de Alcalá en 1987, también por culpa del Rally, -que un amante de la historia tendría que haber denunciado—. Le prometí no hacer uso de su información. —Y lo he cumplido, pese a todo.
Recuerde cómo estuvo al acecho para poder agarrarse a cualquier otra cosa para dar la razón a la persona que le influenciaba, aunque tuviese que ir a Cedrillas, más allá de Teruel, o quedarse en Aras de los Olmos, después de rechazar a las villas de Moya y Cañete por mis informaciones y abandonar, sin más razón, las tierras de Moya en donde usted siempre colocó a Serreilla, evitando el cansancio que supone atravesar el Javalambre.
¿De que le hubieran servido tantas visitas y tantos cientos de documentos del ACA almacenados en sus carpetas si no hubiera llegado quien se los puso en el “román paladino de Berceo”?
Y no me diga que yo me he servido de ellos, porque solamente he usado uno sólo de esos cocumentos en mis libros (el 0,0001%), a cambio de muchos cientos de horas de transcripción y traducción de varios cientos de documentos. De lo que no me arrepiento, porque me enriquecieron enormemente y contribuyeron a que muchos otros se enriquecieran, aunque usted lamente la presencia de mi nombre en la portada.
Y…, prescindiendo de mi persona,  ¿cómo se ha atrevido a humillar de esa manera a unos colaboradores que han tenido con usted infinidad de atenciones y deferencias y a los que despoja de cualquier intervención y actuación en la obra —según afirma su socio, don José.
¿Qué evidencia o qué autoridad superior se atribuye para pensar en “ajenas conjeturas y falsas suposiciones de alucinados” desligándose de la posibilidad de ser usted mismo el más confundido o el más cruelmente alucinado, influenciado por su interna —y no quiero decir falsa— convicción de historiador eminente, merecedor de un puesto en la Real Academia de la Historia? (¡)
Yo no le he tirado nada por la borda. Sus trabajos —como me ocurrió a mí— le habrán reportado mayor información y cultura y habrán enriquecido su conocimiento histórico, que es lo más importante, aunque no vea su nombre (que al parecer es lo único que buscaba) en la portada de su libro hipotético aunque fuese abrigado del nombre de incultos, intrusos y falsos colaboradores que presumen a costa de su trabajo, erudición, sabiduría, sus libros y su bien hacer.
Yo esperaba alguna nueva información esclarecedora y no imaginarias fortalezas en imaginarios lugares buscados a base de compases y tiralíneas para hacerlos coincidir con las millas exactas de Al—Idrisí, prescindiendo de cualquier otro dato o testimonio.
No entiendo cómo conscientemente prescinde de la información intrínseca de los hechos sacada de los documentos capitulares que yo mismo le entregué en un amplio y meticuloso trabajo —que no habrá leído por su olor a incienso— para recurrir exclusivamente a la accesoria, superficial, añadida y parcial información, que torticera y exclusivamente maneja.

Don José:

No nos conocemos. No concibo cómo puede saber tantas cosas de mí sin que nos hayamos visto nunca o que alguien haya sido capaz de darle tanta información, tan negativa, falsa y peculiar que maneja sobre mí.
O, tal vez sí le conozca. Creí reconocerle en Santa Cruz. No pude evitarlo al ver su entrada, agarrado a su teléfono móvil, con aire desgarbado y único, y actitud prepotente —insólita en la sala— que vino a sentarse delante de mí en la parte derecha del salón e izquierda del conferenciante, a donde estuvo el tiempo que no empleó en sus salidas ante los requerimientos telefónicos.
Tiene que ser él. —pensé. No puede ser otro. Y casi seguro que lo era.
Aunque no le conozco, sí sé del miedo que causa a quienes bien le conocen y tiene subyugados: y que yo advertía estupefacto. Durante muchos años he sido testigo del pánico que sufren personas que saben de su agresividad, hostilidad, intolerancia, brusquedad e insociabilidad que lo convierten en único, intransferible e inconfundible.
Pero yo no le tengo miedo, don José. En sus intervenciones se ha retratado y con sus escarnios no ha hecho alarde de cultura ni de humanidad (¡). Tal vez usted no sepa que la descalificación es la razón de quienes no tienen otra razón: Sentencia que a partir de ahora será mi favorita.

He advertido su odio, pero reconozco que no me atormenta ni me inquieta sentirme despreciado por usted. En cambio me dolería mucho percibirme desechado de personas buenas.
En su interés por despojarme de todo, hasta me quita usted el fruto de más de 60 años dedicado al estudio y enseñanza del latín y al hecho de que me haya servido para moverme con total independencia por los Archivos Nacionales y conseguir la documentación medieval, nueva desde 1998, que usted ya conoce, aunque muy mal traducida, según su experto asesor. Había que rematar la denigración. ¡Qué torpe tengo que ser para no haber aprendido la lección tras más de 60 años estudiándola!

Termino, don Pepito y don José. Procuraré mantenerme lejos de ustedes para evitarles posibles arrebatos de cólera e —impasible a sus iras— defenderé lo que siempre he defendido. Ahora con mayor fuerza. La soledad no me asusta cuando me ampara la razón que espero sea reconocida, pese a sus informes negativos.

¡Adios! Lamento no poder decir “afectuosamente”

Niceto Hinarejos Ruiz