Conocer nuestra historia supone conocerte un poco más a ti mismo.
Valeria y Arcábriga:
En busca de unos límites diocesanos al Sur de Aragón , (Siglo XIII).
Conflicto de más de veinte años que termina con la consolidación de Moya, la desaparición de Serreilla y la aclaración de lindes entre las diócesis de Albarracín y Cuenca.
Solamente estudiando y conectando todos y cada uno de los documentos del Archivo Corona de Aragón y de los archivos de las catedrales de Albarracín, Cuenca y Toledo sin despreciar otros datos muy particulares, concretos y locales se puede llegar a esclarecer ciertos hechos, encontrar explicaciones a muchas incógnitas y terminar con muchos asertos históricos, tan comunes como falsos.
1.- Obispados visigodos
Al poco tiempo de entrar Leovigildo en el gobierno godo y proclamarse rey en Toledo, esta ciudad adquirió una gran supremacía hasta el siglo VIII. Fue Sede de varios Concilios y alojó bajo su jurisdicción a 19 diócesis independientes; entre ellas Valeria, Segóbriga, pertenecientes a la Carthaginense, y Arcábriga que pertenecía a la Caesaraugustana.
Valeria guarda en su memoria el nombre de alguno de sus obispos: el primer obispo de su sede se llamó Juan (589) y el último Gaudencio (693). Los árabes la arrasaron y quemaron con tanta saña que durante mucho tiempo fue llamada “Valeria la quemada” y quedó absorbida por la Cora de Santaver. Tras la reconquista trasladó su sede episcopal a Cuenca, pretendiendo con mandato papal unificar y absorber a las antiguas diócesis visigodas.
De Arcábica sabemos de su obispo Pedro por el concilio tercero de Toledo en 589; del obispo Sebastián, posiblemente el último, que, huyendo de los moros, se refugió en Asturias y fue nombrado obispo de Orense.
De Segóbriga tenemos noticias del obispo Próculo, según las suscripciones de este mismo concilio tercero de Toledo, en cuyo núm. 23 firma este prelado con título de Segobriense, en el año 589; también tenemos noticias del obispo Porcario en el año 610 por el concilio provincial de Gundemaro; de Antonio por el concilio cuarto de Toledo del año 633; de Floridio por el concilio octavo de Toledo, celebrado en el año 653; Eusidio en el año 655, por el concilio provincial IX de Toledo; Memorio, del año 675 por el concilio XI de Toledo; Olipa, por el concilio XIII del año 683; y Anterio, por el concilio XV, en mayo del año de 688.
La Itación de los obispados godos, atribuida a Wamba, aparecida en el siglo XII entre los códices de don Pelayo, obispo de Oviedo, al referirse a los límites del territorio de Arcábriga, Segóbriga y Valeria se despacha de una forma imprecisa:[1]
“Valeria tenet delpont[2] usque Tarabellam,[3] de Siceral [4] usque Innar[5].”
Valeria tiene desde Alpuente hasta Tarazona de la Mancha, desde Zarzuela hasta Requena.
“Secobriga tenet de Takabella usque Obviam[6], de Toza[7] usque Bretam[8]”
Segóbriga tiene desde Tarazona hasta Abia de la Obispalía, desde Ontígola hasta Brihuega.
“Arcabriga tenet de Alcone [9]usque ad Obviam, de Mora [10] usque Lustam.[11]”
Arcábriga tiene desde Alconetar a Abia (de la Obispalía), desde Mora (de Rubielos) a Alustrante.
Dejando a parte a quien, apoyándose en el Concilio Nacional de Usillos, prescindió del documento poniendo en duda su autenticidad[12], seguimos la opinión del papa Adrián IV[13], 1154 -1159, que asumió los datos escuetos del Concilio de Toledo presidido por el visigodo rey Wamba (672-680) y reconoció la Hitación y los límites imprecisos de las primitivas diócesis.
El documento, aparecido muchos años después de ser escrito y tras más de cuatro siglos de dominación árabe, topaba con la desaparición o modificación de muchos topónimos y con la aparición de otros nuevos propiciados por la cultura y lengua musulmanas. De aquí, que surgieran opiniones divergentes a la hora de determinar, concretar y definir los límites de estos territorios.
En nuestro caso tenemos claro la existencia y la ubicación, dentro de la actual demarcación de la provincia de Cuenca, de las tres sedes diocesanas: la de Segóbriga, situada en el actual Cerro de Cabeza de Griego en Saelices, muy cerca de Uclés; la de Valeria en Valera, muy cerca de Cuenca y la de Arcábriga en Cañaveruelas, dominando el actual pantano de Buendía. La certeza en la ubicación de estas tres diócesis nos ayuda a la identificación de muchos de los topónimos.
Segóbriga, llamada por Plinio “Caput Celtiberiae” era una importante población romana situada en el cruce del camino que iba desde Cartago Nova (Cartagena) a Complutum (Alcalá de Henares) con el que conducía desde Toledo a Segoncia (Sigüenza). Las excavaciones realizadas hasta ahora muestran su gran conjunto monumental: el anfiteatro, el teatro, las termas, gran cantidad de tumbas, la basílica, la mayor iglesia excavada en la España paleocristiana y visigoda y el único ejemplar de la diosa Roma aparecido en España.[14]
Valeria, importante fortaleza romana situada en un altozano, amurallada por una parte y protegida por la otra por los cortados del río Gritos, fue sede episcopal durante los primeros siglos del Cristianismo y en el lugar que ocupaba el foro se han encontrado importantes restos del Ninfeo, una gran fuente lujosamente adornada y un acueducto que surtía de agua a la ciudad. Algunas de sus casas, pegadas y cimentadas en la vertical que se asoma a la hoz del río, pudieron estar elegantemente suspendidas entre la roca y el barranco formando parte de una ciudad espléndida y elegante en tiempos del Imperio. Conserva, además, otros restos de edificaciones romanas y visigodas y de una basílica.
Arcábriga, (“Nobilis et potens civitas Celtiberica”) la noble y fuerte ciudad celtibérica muestra un singular trazado octogonal, enclavada en el término municipal de Cañaveruelas, en la meseta sobre el gran embalse de Buendía. Se ha descubierto su foro rectangular, pavimentado con grandes losas de piedra, rodeado por pórticos; también, al sur del foro, la basílica compuesta por tres naves, destacando la intermedia por su tamaño y altura. Baños, hornos y termas repletos de pinturas romanas, anuncian su antigua grandeza. Entre los restos aparecidos se encuentran un busto de Cesar y otro de Agripina, la madre de Nerón y mujer de Claudio y del niño Lucio Cesar, sobrino de Octavio Augusto[15].
Todo hace pensar que Valerius Flacus, pretor de la provincia Citerior de Hispania, fue el fundador de la ciudad de Arcávica que estaba adscrita al “Conventus Caesaraugustanus”, mientras que las diócesis de Segóbriga y Valeria pertenecieron al Cartaginense.
Estas tres diócesis visigodas, cuyas sedes están clarísimamente localizadas, abarcarían, aproximadamente, el territorio comprendido entre Molina de Aragón, Aranjuez, La Roda, Tarazona, Cofrentes, Requena, Alpuente y Mora de Rubielos.
A la luz de estos datos, una gran parte las tierras que hoy llamamos de Moya estarían enclavadas dentro de los límites de la primitiva diócesis de Valeria y una parte menor correspondería a la diócesis de Arcábriga. Una línea imaginaria desde Zarzuela (Siceral) a Alpuente (Delpont) atravesando lo que hoy son Tierras de Cañete y Tierras de Moya las dividiría: Al N. Arcábriga y al S. Valeria. El que Arcábiga estuviese enclavada en circunscripción cesaraugustana y Valeria en la Cartaginense explica las dudas, incertidumbres y falta de acuerdos de los obispos de Cuenca con el arzobispo de Toledo, a partir de 1210, cuando las tierras y castillos comprendidos entre los ríos Cabriel y Turia fueron conquistados y se poblara Moya. El arzobispo toledano se arrogó el derecho de disponer y de incorporar todo este territorio a la jurisdicción de la iglesia de Albarracín y exigió la iglesia que surgió con la puebla de Moya.
2.-Obispado de Albarracín
El arzobispo de Toledo, don Cerebruno, apoyándose en los acuerdos del XII Concilio de Toledo que autorizaban al Primado a consagrar obispos para las primitivas diócesis sufragáneas recuperadas a los sarracenos, dos años después de haberse conquistado Albarracín, constituyéndolo en sede episcopal, consagró en 1172 a don Martín como el primer obispo pretendiendo resurgir con mucho desacierto la primitiva diócesis de Arcábica
No es trabajo nuestro dilucidar si Albarracín fue conquistada por Sancho IV de Navarra[16], según acuerdo de este rey con Alfonso II de Aragón, o fue entregada a Pedro Ruiz de Azagra por Ben Mardanis, el rey Lobo de Murcia. Pero sí nos interesa señalar que Pedro Ruiz de Azagra hizo de Albarracín su pequeño estado y se constituyó señor independiente de Castilla y de Aragón[17].
Pedro Ruiz de Azagra y don Cerebruno desatendieron al papa Adriáno IV, que el 22 de junio de 1158 desde Sutri, apoyándose en la Hitación de Wamba, confirma para la iglesia de Zaragoza, entre otras,”ecclesias de Montreial cum pertinentiis suis; Arrodenas, Cellam, Sanctam Mariam de Berrazin, Pennam Golosam, Torol, Alhambra cum omnibus earum pertinentiis, Lliacham, Montagud, Sylarch, Gudal, Morella…
…Confirmamus insuper, tam tibi quam tuis successoribus in perpetuum, terminos cesaraugustani episcopatus secundum divisionem a rege Bamba factam in concilio toletano, et quecumque infra eosdem terminos ad ius ecclesie tue pertinere noscuntur[18] .
Queda claro en este texto latino que el papa confirma para la iglesia de Zaragoza y sus obispos, entre otras, las iglesias de Albarracín y sus términos y, además, pone en evidencia la desobediencia del Azagra y del arzobispo al papa Adriano IV.
Tampoco tuvieron en cuenta que Alfonso II de Aragón, en 1166, siendo todavía tierra irredenta, había entregado la iglesia de Albarracín al obispo de Zaragoza para poseerla cuando se la arrebatara al poder sarraceno: “Preterea concedo et confirmo eidem supradicte ecclesie Cesarauguste et vobis omnes illas ecclesias Sancte Marie de Abarracin et suorum terminorum quod quando eas auxiliante Domino de manibus paganorum eripere potero, sint omni tempore omnes ille ecclesie Cesaraugustane ecclesie, eique tanquam in ejus episcopatu constitute subiciantur[19].
Desobedecieron, también, en enero de 1172, al papa Alejandro III que desde Brescia, informado por Pedro Torroja, obispo de Zarazoga, escribió al obispo de Pamplona para que amonestara a Pedro Ruiz de Azagra y entregara al obispo de Zaragoza y a su iglesia las de Santa María de Albarracín, a las que este obispo tenía derecho. “… quod nobilis vir Pedro Ruiz de Azagra ecclesias Sancte Marie de Berrazin, quas ad suum et ecclesie sue ius asserit pertinere, occupare, et per violentiam detinere”[20].
Y, por estas mismas fechas, volvieron a desatender la orden directa de Alejando III a Pedro Ruiz de Azagra ordenándole la entrega de las iglesias de Albarracín al obispo de Zaragoza, porque tener santuario de Dios no está permitido a los laicos y porque este obispo tiene derecho a ellas: “Quia vero non est permissum laicis sanctuarium Dei possidere, nobilitatem tuam monemus atque mandamus, quatinus venerabili fratri nostro cesaraugustano episcopo et ecclesie sue, ecclesias Sancte Marie de Berrazin quas idem episcopus ad suum asscrit ius pretinere” [21] .
Pedro Ruiz de Azagra nunca se reconoció vasallo de los Reyes de Aragón ni de los de Castilla, sino que se declaró, únicamente, vasallo de Santa María. Por lo que el paso de la dominación árabe al dominio cristiano tuvo para las tierras de Albarracín una solución tan audaz e inesperada como única en toda la Reconquista española y con consecuencias muy transcendentes en la Historia de la región, tanto en la cuestión civil como en la eclesiástica.
A la formación de un estado cristiano independiente entre los reinos de la Corona de Aragón y de Castilla siguió la instauración de una diócesis independiente de Zaragoza. Pero, como durante la reconquista no se podían fundar nuevas diócesis, se buscó como fundamento la idea de querer restablecer la sede de la primitiva iglesia visigoda de Arcábrica con el apoyo del rey de Navarra que, tampoco, quería que la iglesia de Santa María dependiera del obispo de Zaragoza y se unía a la desobediencia al papa contrariando a la bula ya citada de Adriano IV de 1158.
Sin ningún fundamento don Cerebruno, Arzobispo Primado de Toledo, de acuerdo con el Azagra y con el inconsistente apoyo del rey navarro adjudica la iglesia de Albarracín a la metropolitana de Toledo asignándole la sede de la primitiva Arcábriga (Cesaraugustana). Tan sin razón, que este nuevo obispado se quiso reforzar, en 1176, cambiando su denominación para hacerse llamar diócesis Segobricense y, pretendiendo encontrar motivos en la división de Wamba, identificarla con Segorbe[22], todavía en poder sarraceno, por similitud fonética y porque por interés convenía ubicar a Segóbriga lo más hacia Oriente posible.
“…ad titulum arcabricensis ecclesie consecravimus, putantes quod predicta terra pertineret ad parrochiam archabricensis ecclesie. Diligentiore autem inquisicione postea facta, in rei veritate invenimus predictan terram non esse de Archabricensi diocesi, sed omni modo secundum anticuas divisiones regís Bambe ad Secóbricensem sedem pretinere” [23].
3.- Obispado de Cuenca
La repercusión y las consecuencias negativas del proyecto llevado a cabo en Albarracín se pondrían de manifiesto pocos años después cuando, tras la conquista de Cuenca en 1177, el papa Lucio III mediante dos Bulas, una dirigida a Alfonso VIII y otra a su primer obispo Juan Yáñez, en 1182, crea la diócesis conquense queriendo unir los obispados visigodos de Arcábriga y Valeria en uno sólo con sede en Cuenca.
“Lucius, episcopus, servis servorum Dei, nostro in Xto. filio A. illustri regi Castellae, … quod conchensem civitatem que per victoriam ubi favore celestis numinis attributam a dominio liberata est paganorum et ad cultum sanctae xptianitatis adducta honore viximus episcopii sublimandam haurientes ut archabricensis et valeriensis episcopatus auctoritate apostolica in unum reducti cum eos ad xtianitatem contigerit auctore dominio revocari conchensi episcopatui cum suis ubique locis et terminis diocesana lege subdantur” [24]:
“…propusimos a la ciudad conquense, que por la victoria concedida por el poder celestial es liberada del poder de los paganos y llevada al culto de la santa cristiandad, elevarla a la categoría de diócesis, deseando con gozo que los episcopados arcabricense y valeriense, como quiera que éstos han vuelto a la cristiandad con ejecutor dominio, reducidos a uno, se apliquen al episcopado conquense con todos sus lugares y términos”.
“Lucius episcopus, servus servorum Dei, dilecto filio Johanni, conchensi electo salutem et apostolicam benedictionem… Hinc est quod conchensem civitatem per triunfalem potentiam habitam in Xto filii nostri Aldifonsi, illustris Regis Castellae a paganorum spuretis auctore dominio liberatam episcopalis dignitatis titulo sub lunatites statuimus ut arcabricensis et valeriensis episcopatus in unicum reducti”[25]:
“De aquí que, tomada la ciudad conquense para Cristo por la fuerza victoriosa de nuestro hijo Alfonso, rey de Castilla, y liberada de la idolatría de los paganos bajo el signo de la luna establecemos que los episcopados arcabricense y valeriense, como sucediera que estos han vuelto con ejecutor dominio a la cristiandad, reducidos a uno, sea aplicado a la iglesia conquense”.
La decisión del pontífice iba a estar condicionada desde un principio por la confusión y el doble error cometido en Albarracín de pretender identificarse con Segóbriga y atribuirse —porque no había otros— los límites de Arcábriga.
Los intereses del Azagra y los errores, conjeturas y manipulaciones del primado don Cerebruno que sirvieron de fundamento a la creación de la diócesis de Albarracín y después de excusa al cumplimiento de los deseos del papa Lucio III en relación al territorio aplicado a la diócesis de Cuenca iban a acarrear muy serios conflictos y enfrentamientos de los obispos de Cuenca con su sucesor en la sede primada, don Rodrigo Giménez de Rada.
”…deseando con gozo que, como aconteciera que éstos han vuelto a la cristiandad con ejecutor dominio, los episcopados arcabricense y valeriense, reducidos a uno, se apliquen al episcopado conquense con todos sus lugares y términos, tanto aquellos que ya están realmente comprendidos dentro de sus términos como los que sean adquiridos después”[26] .
4.- Cañete
Como consecuencia de la instauración de la diócesis de Albarracín, Cañete, conquistado por Pedro Ruiz de Azagra, pasaría a formar parte de su Señorío y de su diócesis; y su obispo Martín le nombró un arcediano, Anselmo, que, sin dejar de ser canónigo de la Iglesia de Santa María regía la iglesia de Cañete.
El rey de Castilla quiso dejar bien claro al Azagra de Albarracín que Cañete le correspondía y, el 9 de abril de 1187, mediante una carta firmada en Uclés concede a Dios y a la iglesia de Santa María de Cuenca y a toda la comunidad de canónigos de su iglesia presente y futura el diezmo del Portazgo y de las salinas del castillo que se llama Cañete para ser tenido para siempre con derecho hereditario:
“Ego Alfonsus Dei gratia rex Castelle et Toleti una cum uxore mea Alionor regina intuitu divinae pietatis et misericordie et pro remedio animae meae dono et concedo Deo et conchesae ecclesiae Beatae Mariae et universo cathedralis ecclesiae canonicorum conventui presenti et futuro decimam portatici et omnium salinarum Castelli quod vocatur Caneth jure herditario in perpetuum percipiendam”[27].
Esta actitud del monarca castellano obligó al obispo y al Capítulo de la iglesia de Albarracín a revisar el tema de la jurisdicción eclesiástica y, posiblemente, el mismo obispo de Cuenca y su Cabildo urgirían tal revisión, ante la postura de Alfonso VIII de atribuirse la jurisdicción civil de Cañete y otorgar las rentas a la iglesia de Cuenca.
Dos años más tarde, en una reunión celebrada en Uclés, el 7 de noviembre de 1190, con la presencia del rey, del delegado Sancho, del delegado Pedro, del señor Tello y del príncipe Fernando Ruiz de Azagra, Señor de Albarracín, es leída la carta donde Martín, obispo de Albarracín bajo el título de Segobricense, de acuerdo con el Capítulo de Santa María de Albarracín y ante las numerosas declaraciones de los antiguos y el claro testimonio de los modernos, declaran que están seguros que la iglesia de Cañete con todas las iglesias de su territorio están orientadas y pertenecen por derecho diocesano al episcopado Valeriense y, de acuerdo con el derecho de las citadas iglesias, a la iglesia de Cuenca a donde por instrucción del señor Papa la sede veleriense es trasladada y cambiada. Y —continua el obispo Martín de Albarracín— como estas iglesias durante algún tiempo retuvimos poco lícitamente, libre y apaciblemente devolvemos la posesión de las citadas iglesias de Cañete y de sus términos para que realmente pertenezcan y sigan perteneciendo a vos, señor Juan, por la gracia de Dios obispo entrante de la iglesia de Cuenca:
“….quod ego Martinus, Dei gratia Secobricensis episcopus una cum capitulo Sanctae Mariae de Alvarazin cum et antiquorum frequenti assertione et modernorum probabili attestatione comperimus quod ecclesia de Kanet cum universis territorii sui ecclesiis ad episcopatum valeriensem de jure diocesali spectent et pertineant salutis animae nostrae cura interveniente jus praedictarum ecclesiarum ecclesiae conchensi quo ex institutione domini Papae sedes valeriensis translata est et commutata cum eas per aliquantum tempus minus licite detinuerimus libere et quiete restituimus praedictarum igitur ecclesiarum de Kanet et terminorum suorum qui vere coluntur et colentur de cetero vobis domino Johanni Dei gratia ecclesiae conchensis intranti episcopo” [28].
La asignación de la iglesia de Cañete a Cuenca en 1190, adjudicándole la primitiva jurisdicción de Valeria, aclaró en gran parte los límites entre Arcábiga y Valeria, o lo que era lo mismo, entre la provincia Cesaroagusta y La Cartaginense, y sentó un precedente que los obispos de Cuenca tendrían en cuenta.
El obispo Juan Yáñez, ante esta seguridad jurisdiccional, hace uso de la concesión de Alfonso VIII a Cañete y entrega para vestuario de los canónigos de Cuenca, el 16 de enero de 1195, la mitad del diezmo de las iglesias, los diezmos del portazgo, de las quintas y de las salinas de Cañete.
“Ad opus etiam vestiarii dono et concedo eisdem canonicis medietatem decimarum omnium ecclesiarum Canneti et sui termini. Concedo etiam decimas portagii et quintarum et salinarum de Cannet, quas scilicet dedit dominus rex iam dictis canonicis ad opus vestiarii”[29]
Alfonso VIII para fortalecer su concesión a Cañete y garantizar la mitad de los diezmos concedidos a la iglesia conquense de Santa María de Cuenca, se los renueva al obispo y al Capítulo de canónigos el 10 de septiembre de este mismo año.
“Preterea dono et concedo vobis predicto capitulo canonicorum decimas portatici salinarum et quintarum de Canneto” [30].
Finalmente, el 26 de enero de 1207, el santo obispo Julián, del mismo modo que su antecesor entregó una mitad de los diezmos de Cañete al Capítulo de canónigos, entrega la otra mitad restante para que los disfruten en su totalidad.
“Nos ideo dicimus quod damus eis medietatem, nam dompnus Johannes noster antecessor, bone memorie, vivo et incolume existente ac compote mentis sue dederat supradictis canonicis aliam medietatem ad opus similiter vestuarii et hoc modo nunc ipsi possident omnes reditus qui ad episcopalem sedem pertinent et pertinebant” [31].
5.- Un poco de historia
Para entender y calibrar mejor las repercusiones y consecuencias de la creación del obispado de Albarracín, es necesario recordar la historia de los reyes de Aragón y saber que, fracasado en su matrimonio con la reina castellana doña Urraca, no tuvo descendencia Alfonso El Batallador y que a su muerte legó su reino a las Ordenes Militares del Sepulcro del Señor, del Hospital de los Pobres y del Templo de Salomón[32].
Su decisión creó mucho recelo y una gran tensión en el reino. Nadie pensó en cumplir su testamento y los nobles aragoneses reunidos en Jaca reconocieron como sucesor a su hermano Ramiro, monje y obispo de Roda-Barbastro, y los navarros por su parte eligieron a García Ramírez, lo que determinó la separación del Reino de Navarra. Exclaustrado con dispensa del papa Inocencio II, Ramiro casó con doña Inés y en 1137 pactó los esponsales de su hija Petronila, de dos años de edad, con Ramón Berenguer IV en el que confió y depositó la solución a la crisis creada por su hermano el Batallador.
El hijo de ambos, Alfonso II, sería el primer rey en heredar los títulos de rey de Aragón y conde de Barcelona.
Este conde de Barcelona conquista Tortosa, Lérida, Fraga, Mequinenza y, en su intención de preparar el camino hacia el Sur, toma Daroca (1120) y le asigna para su repoblación y conquista un inmenso territorio[33], muy amplio sobre todo hacia el Sur, por tierras todavía en poder de los moros, al interior de las montañas que custodian la primera franja de tierras y de castillos junto al mar, que entrega a los Templarios[34], verdaderos artífices de su puebla y de su conquista.
A pesar de que el Batallador llamaba a la parte mas meridional de estas tierras inaccesibles, inhóspitas, sin cultivo y poco pobladas: “quia de Darocha usque ad Valentiam erant invia et inculta et inabitabilia heremi loca.” [35], a los habitantes de estos castillos o fortalezas árabes, situados siempre en la orilla de los ríos, presidiendo siempre las únicas tierras fértiles y de cultivo existentes y, casi siempre, con antecedentes históricos anteriores a los árabes, les concede privilegios para conseguir su puebla con especiales libertades, ventajas y exenciones que motivaran a los nuevos moradores.
A su hijo y sucesor, Ramón Berenguer, llamado más tarde Alfonso II el Casto, dejó una gran extensión de tierra que él amplió después con la conquista de Teruel. Estableció fronteras estables con Castilla por la parte del Moncayo y de la Rioja; determinó su zona de conquista haciendo propio el compromiso de su padre de conquistar las tierras de los límites de Daroca. Fijó la frontera con Pedro Ruiz de Azagra, señor de Albarracín, participó en la conquista de Cuenca con Alfonso VIII de Castilla y fijó con él su jurisdicción y sus fronteras; salvo en la comarca de Molina de Aragón que, apetecida por ambos, confiaron la cuestión a Don Manrique de Lara, quien se la adjudicó a sí mismo con el título de conde de Molina y se atribuyó unos límites tan caprichosos como intrusos, en gran parte, en los Límites de Daroca[36].
“Santa María de Almolaf, Vestadiel, Galiel, Sisamón, Jarava, Cimballa, Cubel, Laguna Gallocanta, Poyo de Montcit, Peña Palomera, al Puerto de Escorihuela, a Cansadón, a Ademuz, a Cabrihuel, a Laguna Bernaldet, a Huélamo, a los Casares de Garcí Ramirez, a los Almallones,” [37]
Don Manrique, en su afán de buscar y atribuirse plazas importantes, pretendió, tal vez sin conseguirlo, extenderse hacia el Sur en busca de dos castillos con seguras defensas naturales como eran el de Huélamo por la parte occidental y los de Zafra y Peña Palomera por la oriental, y cerró sus limites por el Sur con el castillo de Ademuz en el río Turia y el situado en el Cabriel, que ya habían sido incluidos por Ramón Berenguer en los límites de Daroca. Los lugares de Cimballa, Cubel, Gallocanta, El Poyo, Zafra, Rodenas, Ademuz y el establecido en el Cabriel eran abarcados tanto por los límites de Daroca como por los de Molina[38].
Poco tiempo después de morir el rey Alfonso II de Aragón, su hijo Pedro II manifestó su intención de cumplir con los deseos de su padre y de su abuelo completando la recuperación de los castillos de los límites de Daroca y de expandirse hacia el Sur; era más fácil el camino hacia Valencia por el interior.
6.- El río Cabriel frontera de Castilla, Pedro II de Aragón, el Primado de Toledo y Moya.
Alfonso VIII, tras conquistar Cuenca y llegar hasta Alarcón, debido a pactos y alianzas con los árabes, paró sus conquistas en las riberas del río Cabriel. El rey de Aragón, ajeno a tales compromisos pero, tal vez, con apoyos y acuerdos con el rey de Castilla pretende a través del pasillo comprendido entre los ríos Turia y Cabriel, conquistando El Cuervo, Castielfabib, Ademuz, Serreilla, Santa Cruz y Mira, llegar a Requena con la ayuda de los Templarios.
La campaña la lleva a cabo en septiembre de 1210 conquistando El Cuervo, Castielfabib, Ademuz y Serreilla. “…quando divina gratia cooperante cepimus castrum de Daymuz et castellum Habib et castellum quod dicitur Lo Corvo et castellum quo dicitur Serrella” [39], sin poder concluirla porque en la conquista de Serreilla el gran Maestre del Temple, don Pedro de Monteagudo, cayó gravemente herido y Pedro II interrumpe la contienda[40].
Grande tuvo que ser la satisfacción por estas conquistas a pesar del incidente porque, un mes más tarde, el 20 de octubre de 1210, Pedro II confirma, renueva y define a estos castillos por la ayuda prestada los fueros y privilegios concedidos por su abuelo Raimundo y por su padre Ildefonso y entrega a la Orden del Temple la mitad de lo que tenía en Ascó a cambio de la quinta parte que los Templarios tenían en Castiel, Ademuz y Serreilla con la reserva de 200 morabetinos de impuestos:
“In commutatione, videlicet, et cambium illius quintae partis quam in Deimuz et Castelo Habib et Corvo et Serrella eorumque terminis Dei gratia per nos noviter a sarracenis ablatis ex donatione felicis recordationis avi nostri Raimundi comitis Barchinonae et confirmationis patris nostri bonae memoriae Ildefonsi regis et..” [41].
La confirmación de los fueros a estos castillos por Pedro II sólo se explican en el marco de una sociedad de frontera que pretende ser desarrollada con unos instrumentos jurídicos muy concretos que otorgan grandes poderes y monopolios, incluidos los dos básicos de la época, molino y horno, a los Concejos de las nuevas villas.
Cinco meses después de la conquista, 11 de abril de 1211, el arzobispo y primado de Toledo, don Rodrigo Jiménez de Rada, demuestra su poder y su intención de ampliar la jurisdicción de la iglesia y del obispo del Señorío independiente de Albarracín. Como sabía que el papa Celestino III, que antes había sido nuncio de Alejandro III en España, había concedido a Pedro II de Aragón y a sus sucesores el derecho de repartir las iglesias de las tierras conquistadas a los moros, pide al rey de Aragón la entrega a él, a la diócesis y al obispo de Albarracín de las iglesias de los castillos recientemente conquistadas de El Cuervo, Castielfabib, Ademuz y Serreilla con las mezquitas, diezmos, primicias y oblaciones de estos castillos para que sean ocupados, tenidos y poseídos para siempre:
“…damus vobis domino Roderico venerabili per eandem Archiepiscopo Toletano et vestris successoribus in perpetuum ecclesias de Serreilla et de lo Corvo et de Pinna de Jahya cum mezchitis et Xecimis et primitiis et oblationibus in pace episcopo ecclesiae Sanctae Mariae de Albarracini habendas et tenendas ac perpetuo possidendas libere et quiete” [42].
La entrega de la iglesia de Serreilla a la diócesis de Albarracón iba a ser el comienzo del largo conflicto y enfrentamientos entre el arzobispo y primado de Toledo, don Rodrigo Giménez de Rada y el obispo de Cuenca, don García Ruiz, porque el toledano, aun siendo Albarracín y Cuenca sufragáneas de Toledo, pretendía favorecer a la primera[43].
La inacabada campaña del rey aragonés, que no pudo llegar hasta Requena, aviva los sentimientos del rey castellano que, incumpliendo sus compromisos con los sarracenos y cruzando las aguas del Cabriel, quiso hacer acto de presencia en la zona poblando Moya. Puebla que motivó el enfado del rey moro valenciano porque suponía la soberanía de Castilla sobre un territorio que tanto el rey castellano como el miramamolín Çeyd Abuceyd habían declarado tierra de nadie.
El apoyo máximo de Alfonso VIII a Moya durante dos años y su entrega y concesión más tarde a la Orden de Santiago y a su Maestre García González y al Comendador de la Orden de la Merced Blasco Pérez por parte de Enrique I supuso tan rápido crecimiento poblacional y monumental que atrajo nuevas concesiones y donaciones:
“…facio cartam concessionis, confirmationis et stabilitatis Deo et ordini milicie beati Iacobi, et uobis dompno Garsie Gondissalui, eiusdem ordims instanti magistro, et uestris successoribus, et uobis dompno Blasco Petri, instanti commendatori domus de la Merced de Moya ad redemptionem captiuorum hedifícate,…domos illas, molinos, ortum, vineam et hereditatem quam notarius meus Petrus Poncii vobis dedit in Moya et in Landet” [44].
Pero fue Fernando III y su incondicional apoyo a los Santiaguistas quienes consiguieron establecer nuevas iglesias en Moya, crear un gran Hospital y atraer nuevos pobladores bajo la atenta mirada de don Rodrigo, decidido a rematar la inacabada campaña contra los sarracenos que Pedro II iniciara en 1210, “para que no puedan con las inmundicias de sus impurezas profanar nuestras cosas santas, como en Oriente”: “…ubi decet et expedit, obvietis, ne si permissa fuerit eorum atrocitas invalescere, apponat etiam sancta nostra sicut in Oriente, pollutionum suarum spurcitiis prophanare” [45].
El Arzobispo de Toledo, movido por la Carta Apostólica de Inocencio III en la que le pedía conducir al rey de Castilla, a ejemplo del rey de Aragón, a participar en la guerra contra los sarracenos, impacientado y con ejército propio, después de volver a pregonar la concesión de indulgencia plenaria a los que participaran,[46] conquista en 1219 los castillos de Santa Cruz y de Mira pero es vencido estrepitosamente, tras veinte días de asedio, en el intento de conquistar Requena[47].
El arzobispo, con el sabor agridulce de esta campaña, hace de nuevo alarde de autoridad y pone de manifiesto su aversión al obispo de Cuenca y su interés por el obispo de la iglesia de Albarracín al que entrega las iglesias de estos dos castillos conquistados. Y, ante el auge, rango y prestigio que iba adquiriendo Moya y sus nuevas iglesias, exige los derechos diocesanos de la villa, sus frutos y expensas desde 1211; es decir, desde la fecha en que Pedro II le entregó a Albarracín las iglesias de El Cuervo, Pina Jahya (Castiel y Ademuz) y Serreilla, por creer que la naciente villa de Moya estaba dentro de jurisdicción religiosa asignada a Albarracín[48].
El obispo de Cuenca, don García, apoyándose en el Bula papal de Lucio III que pretendía unificar en uno sólo los limites de los primitivos obispados de Arcábriga y Valeria para formar el de Cuenca con los términos de las dos, podía exigir lo que por asignación pontificia le correspondía. Pero, al haberse asentado la diócesis de Albarracín desde un principio sobre territorio arcabricense y, posteriormente, haberle adjudicado el arzobispo por derecho de conquista parte de la valeriense, como eran las iglesias del viejo castillo de Serreilla, tras ser conquistado por Pedro II, y las de Santa Cruz y Mira, conquistados por él mismo, quitaban a la diócesis de Cuenca unos territorios que claramente le pertenecían.
Ante esta situación el obispo de Cuenca no tuvo más remedio que prescindir de las tierras de Arcábriga y, cuando decía “querer para nos y nuestras iglesias una parte de los frutos y expensas” [49], exigía sólo lo que le correspondiera por la parte de Valeria.
Rechazando la exigencia del obispo de Cuenca, el arzobispo recurre al papa Honorio III recabando el apoyo pontificio a sus adjudicaciones. El papa nombra un tribunal y ordena la celebración de un juicio eclesiástico en Burgos que dilucide los límites entre Arcábriga y Valeria [50], o lo que es lo mismo, entre Albarracín y Cuenca, y que decida sobre los derechos diocesanos que el arzobispo exigía en Moya.
VER El juicio eclesiástico de Burgos.