
Resumen histórico
Alcalá de la Vega (Cuenca) situada en las estribaciones meridionales de los Montes Universales, en la llamada Serranía Baja conquense, a muy poca distancia de la Cruz de los Tres Reinos, mojón trifinio de Aragón, Valencia y Castilla, bañada de Norte a Sur por el río Cabriel, guarda una rica historia.
Los orígenes del enclave se pierden en la lejanía del tiempo. Existen vestigios ibéricos, romanos, visigodos y árabes: El Castellar, Tesoro Lucas, Corral Redondo, Los Castillejos, Dehesa Vieja, La Talayuela…; unas seculares ruinas pregonan una antigüedad todavía sin establecer, restos de calzadas romanas hace pensar en la XXXI Vía Romana o Camino de Antonino, que seguía desde Iniesta el cauce del río Cabriel; tumbas y estelas funerarias visigodas aseguran un asentamiento entre los Siglos IV y VIII.
Su castillo, considerado el primero en el tiempo en la provincia de Cuenca, forma con los castillos de Alarcón, Uclés, Huete, Cuenca y Huélamo el conjunto árabe más antiguo de la provincia.
Según al-Idrisi “a tres jornadas hacia Oriente de Cuenca, a tres jornadas de Albarracín y a tres jornadas de Alpuente” los árabes construyeron el castillo de al-Qala que fue el primero de la Kura de Santaberia al mando de al-Samh ben Zenum en un primitivo asentamiento cristiano visigodo. Las ruinas del castillo, con su patio de armas, sus murallas, sus aljibes y cortados en la rocas hacen adivinar su importancia. No es, como asegura algún mal entendido y peor informado, una torre vigía como otras muchas que estaban encargadas de la vigilancia de rutas y tierras.
El Dikr dice: “Este castillo es un gran castillo inaccesible que conserva trazas de su pasado, una de las cuales es un pozo situado en la parte alta del lugar al que se accede por dos escaleras una para bajar y otra para subir…., las puertas del castillo están horadadas en la roca.”
Fue en este castillo de Quelasa, Aqabat al-Hawwarin o de al-Qala, que Saavedra identifica con la villa romana de Egelasta, donde se entrevistaron en el verano de 872 el Emir Mamad I y Salayman ben Zenum, más tarde nombrado gobernador de la Kura de Santaveria, según J. A. Almonacid.
Muy importantes eran las maderas de este castillo: …. ” En este último lugar fortificado y construido al otro lado de las montañas crecen innumerables pinos. Se cortan los árboles y se les hace descender por las aguas hasta Denia y Valencia. Estas maderas van por el río de Quelaza hasta Alcira y desde allí al fuerte de Cullera desde donde descienden al mar y se embarcan hasta Denia donde son empleadas en la construcción de navios y si son gruesos se embarcan hasta Valencia donde sirven para la edificación”.
El dato del árabe Abid Mizal en su traducción del Idrisi dice que el castillo de al-S.ral.h se encuentra “a 13 millas del castillo del Reino Taifa de Alpuente, Ademuz a 10 millas, Castielfabib a 12 millas y Albarracín a 18 millas.”
Pero nadie puede asegurar que al-S.ral.h sea Serreilla ; y menos , la Serreilla de las cartas de Daroca. Conclusión a la que se ha llegado tras muchos años de estudio. Más bien parece referirse al castillo de Sierra o de Santa Cruz. De hecho Abid Mizar el traductor de Al-Idrisi “Los caminos de Al-Andalus en el siglo XII” descubre la existencia de al-S.ral.h y de al-al-S.zal.h que él identifica.
Pero nunca podemos identificar el castillo de Sierra de Santa Cruz con la Serreilla de Daroca, de Pedro II o de don Rodrigo. [1]
[1] A.C.Toledo, E.12.O.1.3.
Partiendo de los escritos árabes queda patente la existencia localizada del castillo de Al-qala y atendiendo a los textos cristianos aparece la existencia del castillo ilocalizable de Serreilla. Especulando con las circunstancias geográficas del castillo de Al-qala, las distancias de las rutas, los límites de los Fueros de Daroca y de Molina, el Archivo Municipal de Alcalá de la Vega y las Relaciones de Tomás López de la Biblioteca Nacional hemos de identificarlo con el de Serreilla, nombre con el que se denominaba al antiquísimo poblado, lugar de importantes hallazgos y conocidos expolios, cuyas ruinas perduran a los pies de la derrocado castillo y muralla árabe levantados con los despojos de primitivas edificaciónes.
Muy cerca de los castillos de El Cuervo, Castiellfabid, de Ademuz y del mojón trifinio entre los reinos de Aragón, Castilla y Valencia y rozando los límites del Señorío de Albarracín se encuentra el castillo de al-Qala y al noroeste el castillo de Huélamo (Walum) y al sureste el castillo de Santa Cruz (Sierra) y Mira, frontera de Castilla.
Zurita dice: “Pedro II de Aragón recibe un préstamo de Sancho el Fuerte de Navarra y con la ayuda de los templarios, en 1210, conquistó los castillos de El Cuervo, Castellfabil, Ademuz y Serreilla donde cayó gravemente herido el Gran Maestre del Temple, don Pedro de Monteagudo, por lo que cesó la contienda y no se logró conquistar Santa Cruz ni Mira como era su intención en su afán de llegar hasta Requena y más tarde a Valencia“.
A esta conquista alude el poeta árabe-valenciano que habla de “la pérdida de la gran vega de mijo, entre los fieros lobos, la traición cristiana, el derrite de las duras y recias rocas y el llanto de las madres que han perdido a sus hijos en la zona fronteriza”.
El término de Alcalá de la Vega estaba atravesado por el camino real de Castilla que coincidía en su recorrido con el camino árabe que, proveniente de Cuenca, penetraba por Santerón en Ademuz para llegar a Teruel y Zaragoza.
Con toda seguridad las tropas de Pedro II tomarían este camino en Ademuz, pasarían por Vallanca, atravesarían la dehesa de Santerón y bajarían hasta el Cabriel en busca de su castillo, apenas son 15 kilómetros.
Alfonso VIII no participó porque, tras la conquista de Cuenca (1177) y la de Alarcón (1184), había firmado pactos con los moros dando por finalizada su campaña en las riberas del Cabriel, donde empezaba una tierra de nadie hasta el río Turia y que debía ser respetada tanto por el Rey moro valenciano como por el Rey de Castilla.
Alfonso VIII quiso respetar los pactos con los moros, pero dejó en manos del Rey de Aragón la iniciativa tras asegurarse la fidelidad de los castillos conquistados por Pedro II pero que tendrían que volver a la fidelidad del rey de Castilla.
Pedro II de Aragón con la ayuda de los Templarios conquista los castillos de El Cuervo, Castielfabib, Ademuz y Serreilla en una campaña que duraría varios meses y terminó en septiembre de 1210. Alfonso VIII, pocos meses después, puebla Moya e irrita al rey moro valenciano, que consideró que el castellano había roto unos pactos y adjudicado unas tierras que debían ser respetadas por ambos.
Grande tuvo que ser la satisfacción por esta conquista cuando un mes más tarde (20 de Octubre de 1210) Pedro II confirma, renueva y define a los Templarios en recompensa a la ayuda prestada los privilegios “concedidos por su abuelo Raimundo y su padre Ildefonso, de feliz memoria” y entrega a la Orden del Temple “….la mitad que tenía en Ascó a cambio de la quinta parte que los Templarios tenían en Castiel, Ademuz y Serreilla con la reserva de 200 morabetinos de impuestos…”
Seis meses más tarde, Pedro II, a instancias de Don Rodrigo Jiménez de Rada, entrega a la iglesia de Santa María de Albarracín, sufragánea de Toledo, “ las iglesias de Serrella, y de El Cuervo y de Pina Jahya (Castielfabib) con sus mezquitas, diezmos y primicias y oblaciones para que sean ocupadas y tenidas y perpetuamente poseídas…”
Esta entrega fue el origen del conflicto entre el Arzobispo de Toledo y el obispo de Cuenca, don García, y del largo enfrentamiento entre ambos al querer establecer en 1220 los limites eclesiásticos entre Cuenca y Albarracín y los derechos diocesanos de Moya que don Rodrigo reclamaba desde 1211, fecha en la que Pedro II entregó las iglesias de Ademuz y Serreilla a Albarracín, y que no se solucionaría hasta 1231, muerto don Lope, con la mediación del obispo de Tarazona, don García Fortín, nombrado árbitro y juez para el caso por el Papa Gregorio IX con una carta apostólica. (Cat. Toledo I.4.N.1.18)
Apoyados en los límites comunes de las Cartas de Daroca y en los del Fuero de Molina, identificamos su lenguaje ante las expresiones “Ademuz-Serreilla” de las Cartas de Daroca y “Ademuz-Cabriel” del Fuero de Molina (en su transcripción de finales de 1300 que se conserva en Molia). Se puede decir que los límites de Molina posicionan a la Serreilla de Daroca en el Cabriel.
Los fueros confirmados a los Templarios en estos castillos por Pedro II sólo son explicables en el marco de una sociedad de frontera que pretende ser articulada a partir de unos instrumentos jurídicos muy concretos otorgando grandes poderes y monopolios, incluidos los dos básicos de la época, molino y horno, al servicio de los Concejos de las nuevas villas que tratarían de salvaguardarlos de la nobleza. Los Templarios, grandes artífices en las nuevas cartas de población pretendieron igualar los nuevos status con los que disfrutaban las tierras de realengo, aplicando la doctrina de Daroca..
La desaparición de los Templarios en 1312 llevó consigo que en el Reino de Valencia estos bienes fueran adjudicados por el rey Jaime II a la Orden de Montesa: pero en Alcalá, asentada en Castilla, Alfonso XI, en su mayoría de edad, los adjudicó al Común bajo la denominación de
Heredad Coronada Común:
-34 grandes fincas de labor en la vega.
-La gran Dehesa de la Hoz, Cañaillas y del Espinar, limítrofe de Salvacañete, Salinas y Algarra incluía hasta
-La Dehesa de Villa Lobos, limítrofe de La Huérguina y Boniches.
-Un molino harinero, Horno y Fragua o herrería.
La primitiva parroquial gozaba de
la Heredad Coronada de Santa María o diezmos reales laicales:
-53 fincas de cultivo.
-Tierras de pastos, adyacentes a las dehesas (10%), conocidas como Tierra de animas, Capellanías o mayorazgo.
-Un edificio para almacenar y gestionar las rentas, granos y frutos de las tierras de Santa María llamada casa del Mayorazgo.
-Varias casas, era y un pajar.
El Cubillo, que formaba un todo con Alcalá, aunque gozaba de cierta autonomía, recibió su tercera parte que le correspondía de las tierras adjudicadas al Común, como también su parte de los diezmos laicales. Y, entre otras, recibió como diezmo las tierras lindantes con la Ceja de Bengamar. (A.H.P.)
Alcalá de la Vega, en 1752, respondiendo a las preguntas del Censo de Ensenada, se enorgullece de las dehesas boyales, de sus ferias, del Mayorazgo heredado de sus mayores y se lamenta de que entregaran a un vecino de Salvacañete los mencionados pergaminos, que contenían los textos del privilegio del Rey Alfonso, para su revalidación en Madrid. Reconoce que los diezmos de estas tierras, las del Mayorazgo, desde el principio y por disposición real pertenecen a la Parroquial cuya titular es Nuestra Señora de Alcalá y que fueron respetadas de la codicia de los nobles. Alcalá se enorgullece en 1752 de haber abastecido de maderas de calidad a la Real Armada desde el tiempo de los árabes y de que Moya nunca poseyera tierras en el lugar.
Los moyanos en 1520, con Carlos I, influenciados por los movimientos de Germanías y Guerra de Comunidades negaron su vasallaje al Marqués de Moya, apoderándose de su fortaleza. Logró escapar el Marqués don Juan de Cabrera y sus secuaces, no sin antes trabar un duro combate en Fuentelespino, en el que muchos murieron de una y otra parte, en el paraje que, desde entonces, se llama la “Cañada de la Matanza”. Desde Cardenete el Marqués de Moya pidió ayuda a su suegro el Duque del Infantado.
En el consistorio celebrado en Cuenca el 6 de Octubre de 1520 se dio cuenta de que la Junta Santa de las Comunidades de Castilla ordenaba que volvieran a la obediencia de su señor los vasallos del Marqués de Moya, que restituyeran lo que les robaron y que los caballeros y comunidades de Cuenca y Valencia no prestaran favor ni ayuda a los de Moya. El Consejo de Cuenca acordó enviar tropas que escoltaran a la Marquesa y que con la ayuda de las de su padre (el Duque del Infantado) le ayudaran a recobrar sus estados y a que volviera su marido.
Dispusieron 200 lanzas de hombres de a caballo y 1000 soldados de a pie que, tras doblegar y castigar a los levantados en Cardenete, se dirigieron a Alcalá de la Vega a los que trataron duramente y quemaron todos los libros y papeles de su Concejo, creando una gran pira en la plaza para escarmiento y les desposeyeron de muchas de sus tierras.
Esas tierras desposeídas al Común que las gozaba por privilegio de Alfonso XI, por la ayuda prestada, pasarían al duque del Infantado, quien, poco tiempo después, adquiriría el título de Marqués de Cañete.
A la vuelta de Juan Cabrera a Moya entregó a su suegro el duque del infantado: Cincuenta Has. de la Vega, La Gran Dehesa de la Hoz ” que suponía parte del Palancar del Hoyo, Dehesa Vieja y la del Hoyo (que hoy pertenecen a Salinas) Dehesa de Cañasáez y Cañada Cañaillas y del Espinar del Cubillo.
Los habitantes de Alcalá, como testigo y memoria de aquellos pleitos e incidencias, conservan su recuerdo en el Corral del Pleito, hoy en ruinas, que se halla muy cerca del mojón común de los términos de Alcalá, Salvacañete y Salinas. Alcalá perdió gran parte de estas tierras en favor del Duque del Infantado y de los términos de Salvacañete y de Salinas.
Una parte, todavía importante, seguía en uso exclusivo de Alcalá y de la que se beneficiaba vendiendo sus encinas y carrascas para la fabricación de carbón con destino a la fundición de Salvacañete.
En 1701, Nicolás Argudo, Cura de la Parroquial de Alcalá, recurre al Concejo y Síndico del Común de la gran dehesa de la Hoz pidiendo colaboración “con quatrocientos reales v. de los percibidos por las fundiciones de Salvacañete para las obras y luminosidad del templo por resultar insuficientes los fondos con que cuenta esta parroquial y atendiendo a los pobres de solemnidad”.

En 1748, la Real Ordenanza General de Montes y Plantíos delimitaron los derechos de maderas hasta en las tierras de Propios. Con este recorte de derechos, también se sintieron recortados los derechos de Jaime de Casteblanque, vecino de Salvacañete, sobre el suministro de las leñas para el mantenimiento de sus fundiciones que, ante la prohibición por parte de Moya de proveerse en sus montes, las compraba, exclusivamente, en la Gran Dehesa de la Hoz. Fuerte contratiempo debió suponer la Real Ordenanza, no sólo para los vecinos de Alcalá que se vieron privados de unas rentas indispensables para su economía, sino para el mismo Casteblanque que veía drásticamente reducidos los suministros de carbón y que supuso casi la total paralización de la fundición.
Pensaría don Jaime de Casteblanque, que debía tener muy buenas relaciones con Alcalá, que “los viejos pergaminos” podrían ayudarle. Y cierta confianza debió inspirarles a los vecinos de Alcalá para que le entregaran los seculares documentos “para su revalidación en Madrid”, posiblemente, pensando en la gran amistad que don Jaime sostenía con su socio financiero y amigo, don Francisco Mendinueta, navarro de origen, Caballero de la Orden de Santiago, residente en Madrid y muy ligado a la Corte, que sería el que tendría que recurrir ante Fernando VI:
“pedir y renovar ante el Rey la fuerza del antiguo privilegio que otorgaba autonomía, poder y uso exclusivo sobre unas dehesas desde tiempos inmemoriales”.
A Francisco de Mendinueta, asentista a sueldo del Rey, que, durante más de 20 años, alimentó a los ejércitos de España con las provisiones que él gestionaba y que se había comprometido ante la Corte, en 1726, al suministro de 80.000 Quintales de municiones de guerra durante 10 años y a erigir por su cuenta una fábrica de fundición con dos hornos en Urbieta, se le adjudica el Arrendamiento de Rentas provinciales de Cuenca. Por esta circunstancia o por alguna otra relacionada con sus compras de cereales, de lana o de paños de Teruel F. Mendinueta conocería a Jaime de Casteblanque en sus elementales fundiciones de Salvacañete. Alguna posibilidad de beneficiarse vería el gran negociante navarro para asociarse con Casteblanque, renovar totalmente la fundición e incrementar la producción de acero “hasta las 10.000 arrobas anuales de una excelente calidad”. Con ello podría cumplir los compromisos contraídos ante el Rey, porque las fundiciones del Norte no eran suficientes ante la notable falta que había en España de fabricas de municiones. La excelente calidad del acero del Martinete superó al de Urbieta hasta 1748, en que por la rigidez de la ley la gran dehesa de Alcalá dejó de suministrar el imprescindible carbón “a la herrería de las orillas del río Cabriel, a un quarto de legua de Salvacañete, costeada por Don Francisco de Mendinueta”.
No podemos adivinar lo que, realmente, sucedió; sólo que Mendinueta, el gran financiero y asentista de la Corte de Fernando VI. seguramente, esperaba mejores resultados. Pudo más el imperio de la Ley que su influencia ante la Corte y los suministros de maderas para carbón jamás se restablecieron suficientemente. Posiblemente la decepción del navarro imposibilitó su vuelta al Martinete. Cuatro años más tarde, los de Alcalá se lamentan y denuncian la desaparición de los documentos del Privilegio: para unos fruto de una imprudencia, para otros de un considerable engaño y para todos motivo de gran desilusión.
¿Devolvería los documentos el navarro Francisco de Mendinueta tras sus gestiones?
Lo cierto es que en 1760, al subir al trono Carlos III, el Archivo del Concejo y todos sus papeles son quemados nuevamente.
Si los documentos fueron devueltos, serían quemados.
El hecho de tener signias o dominios Salinas y Salvacañete sobre las tierras de Alcalá que se adjudicó Juan Cabrera dentro de la gran dehesa, ocasionó conflictos entre los pueblos hasta 1808 en que Alcalá, en minoría, tuvo que ceder y autorizar el movimiento de hitas y mojones a favor, sobre todo, de Salvacañete.
La desamortización de Mendizabal y Madoz (1844 y 1865) con la compra de una parte de la Dehesa por la Marquesa de Moya y Emperatriz de los Franceses a través de su apoderado, Mariano del Barco y de otra parte que, dividida en quiñones, fue adjudicada a las familias más necesitadas, acabarían con las grandes y antiquísimas dehesas y propiedades del Común y de la Iglesia, consecuencia de un privilegio que hunde sus raíces en los preliminares de la reconquista y en la herencia templaria, y daría la oportunidad a Moya de tener alguna posesión en Alcalá.
Las intocables tierras del Mayorazgo o diezmos de la iglesia, con las que no pudieron ni el marqués de Cañete ni el de Moya, pasaron a manos privadas dando lugar, como en tantos sitios, al gran caciquismo rural, consecuencia de la desamortización.
Tierras de labor (huerta) desamortizadas, propiedad de la iglesia, documentadas:
Celedonio Montero: …………………………………………………. 15 Has.
Antonio Zafrilla y Aquilino Jiménez……………………………… 60 Has.
Ramón Ferriz…………………………………………………………….. 30 Has.
Juan Bautista y Tomás Sáiz Zafrilla………………………………. 23 Has.
Segundo Montero………………………………………………………. 23 Has.
TOTAL……………………………151 Has.
Por falta de documentación resulta imposible calcular la extensión de tierras de secano desamortizada
Su vega
Más de trescientas hectáreas de regadío abrazan al río Cabriel. Ya en tiempo de los árabes se regaban estas tierras donde el mijo y el cáñamo eran sus principales cultivos, y siguió siendo el cáñamo producto primordial hasta 1950- 1955. De él se abastecían de utensilios, aperos y tejidos.
La gran vega también fertilizó las deliciosas manzanicas de Elías Canetti, legumbres y hortalizas. Siendo de destacar por su calidad las judías y las patatas y la manzana (raineta). En la actualidad sus choperas estallantes sustituyen a los múltiples cultivos de antaño cuando Alcalá tenía más habitantes y su extensa vega podía ser cultivada. La “Vega” dio el apellido al pueblo a mediados del siglo XVII. Hasta entonces era, simplemente, “Alcalá” refiriéndose al pueblo, o “Alcalá y El Cubillo” al referirse a sus tierras y sólo en los archivos Parroquiales aparece Alcalá “de la Vega”.
· Sus paisajes ·
Además del valle y las excitantes hoces del Cabriel, tiene profundas depresiones, grandes barrancos y ramblas que desgarran el terreno e invitan al senderismo y a la abstracción ante panorámicas inesperadas: Las Hoces del Cabriel, La Coronilla, Monegrillo, Corral Redondo, Ceja de la Muela, Peñalta, El Puntal, Valdelacasa o la Verezoza en el Barranco de la Hocedila de Ademuz.
· Sus Archivos: Municipal y Parroquial ·
A pesar de haber sido quemados sus archivos por dos veces por las tropas reales (en 1540 y en 1760), su Archivo Municipal, bien clasificado e informatizado, guarda celosamente parte de su historia compensada, siendo de destacar la conservación íntegra del Censo de Ensenada en sus dos partes y un documento de 1767 en el que Gregorio Montero de Espinosa, clérigo, natural de Alcalá de la Vega, trata de demostrar su condición de Hijo-dalgo: en su reseña informa de la quema de los archivos, libros y papeles antiguos realizada por las tropas de Carlos I en 1548, y de otra segunda quema realizada en 1760 por Carlos III. Esta circunstancia, como la disposición también del Archivo Parroquial desde 1564, nos hace disponer de datos esclarecedores de un pueblo y de su historia.





#1 by Fábregas on 22/09/2011 - 15:56
Citar
La descalificación es el arma de los fracasados. No hay que hecer caso.
#2 by Fabregas on 15/12/2011 - 18:38
Citar
Ahora que les has quitado los de las distancias, cebo en el que se han ensañado por ser muy entendidos ¿que arma mortal les queda? El patíbulo seguro que sigue montado, con muy poca educación